Hace
poco una famosa romería pasaba, como cada año, por un paraje natural
protegido. Las crónicas afirmaban que se habían congregado unos cuantos
miles de peregrinos en torno a la virgen de turno. Curiosamente, ese
paraje se encuentra amenazado por ese mal endémico de nuestra sociedad
llamado ‘especulación urbanística’. Leyendo la noticia me preguntaba
cuántas de estas personas conocían la amenaza que pesa sobre ese lugar, a
cuántos les importaba y cuántos estarían dispuestos a hacer algo, si no
por la cuestión medioambiental, al menos por salvaguardar un paraje
ligado a su ancestral tradición.
Esta masa de peregrinos, de
individuos que asaltan cada día los centros comerciales, que acuden en
tropel al último megaespectáculo, que bailan al son que toca,
constituyen una ‘mayoría silenciosa’. Pese a que vivimos en el mundo del
ruido, de la información constante, llama la atención la indiferencia
general respecto a lo que verdaderamente podemos considerar como
relevante. La indiferencia deviene en un ‘clamoroso’ silencio. Algunos
prefieren el término ‘opinión pública’ pero eso ya supone atribuirle una
capacidad valorativa de la que se podría dudar.
Hagamos un rápido
ejercicio, aislemos a un típico representante de esta mayoría silenciosa
y esbocemos un pequeño retrato. Este individuo suele caracterizarse
por:
-
Carecer de tiempo. El individuo medio hoy en
día está agobiado por múltiples ocupaciones. Tiene que llevar a sus
hijos a un sin fin de actividades extraescolares, siempre surge algún
familiar enfermo al que cuidar, un trabajo que le absorbe y alguna
telenovela de la que no puede prescindir.
-
No querer
problemas. Tiene una acusada alergia a cualquier tipo de
inconveniente, a cualquier cosa que juzgue como un problema o una
amenaza por pequeña que sea. Nada debe perturbar la plácida existencia a
la que aspira el ciudadano medio.
-
Ser inconstante.
El individuo en cuestión va y viene como las mareas. Vive a merced de
las modas sociales y políticas. Es, como mucho, carne de telemaratón
solidario. Siempre a distancia, sin salpicarse, viendo los toros desde
la barrera. Quiere soluciones rápidas y si algo requiere un plus de
esfuerzo o atención pierde rápidamente el interés.
-
Ser
apolítico. La mayoría silenciosa detesta la política. La juzga
como algo propio de corruptos y meapilas. Reconoce a boca llena, casi
con orgullo, no entender de eso y pretende hablar desde el sentido común
de lo que le interesa al conjunto de la ciudadanía.
-
Tener
pavor a significarse. Si hay algo a lo que este sujeto tiene
verdadero pánico es a exponerse públicamente. Es un miedo atroz a ser el
blanco de críticas o comentarios públicos, a ‘estar en boca de los
demás’. Sin embargo, este sujeto practica el deporte de la habladuría,
no duda en destripar a quien sale a la palestra, se muestra implacable
con los demás. Ejerce de crítico despiadado mientras toma una cerveza en
el sofá de su casa. Detrás de este prurito se esconde una tremenda
inseguridad, un miedo escénico al ámbito público.
Hecha, grosso modo,
esta caracterización del individuo común vemos cómo la suma de todos
ellos conforma un ente al que llamamos “la mayoría silenciosa”.
Indiscutiblemente constituye una mayoría social y raramente interviene
en la cosa pública. Es el universo difuso para el que los políticos
afirman trabajar. Su actitud de trágala justifica, en última instancia,
numerosas políticas que atentan contra el bien común.
Cada cuatro
años la mayoría silenciosa es consultada y entonces se armó la
marimorena. La grey política entra en un estado de verdadera excitación y
entonces el individuo común se toma su justa revancha. Surgen las
rebajas políticas, los que ayer eran arrogantes se tornan ahora en
corderitos, lo que no se hizo se convierte en una nueva promesa. Todo
ello mientras, de nuevo, la mayoría silenciosa se apresta a depositar su
voto en la urna. ¡Ay, querido politiquillo del tres al cuarto, no te
confíes: quien hoy te adula mañana te traicionará! Así es la mayoría
silenciosa.